Cada tarde, cuando llego del trabajo, después de unas horas que se me hacen interminables, espero con ansia la llegada de esos instantes sublimes que me recompensan de todo mal. Abro la puerta de casa y todo está en silencio, tan solo se oye el leve y lejano murmullo de un televisor mas allá de estas paredes y las voces de las vecinas del cuarto, que siempre se llaman por el patio de luces para tomar el café de la sobremesa, pero no me molestan, nada me incomoda a estas horas. Mi piso vacío, sin seres vivientes ocupando el espacio o deambulando por sus estancias, es por unos minutos, mi refugio, mi fortaleza inexpugnable y el lugar donde puedo sentirme yo misma.
Lanzo mis zapatos al aire con un golpe de efecto, sin miramientos, sin complejos. Me quito los pantalones, la blusa y los dejo en cualquier lado, algo que no dejo hacer a mis hijos, pero una se cansa de tanto predicar con el ejemplo y es bueno de vez en cuando, recuperar esa rebeldía infantil que no nos podemos permitir delante de ellos.
Respiro, me estiro tumbada en la cama con mi camisola a cuadros, hago muecas delante del espejo y camino descalza, sin importarme si pillo o no un resfriado. Abro la nevera, busco y rebusco entre los tupers apilados, pero no hay nada que me apetezca. Lechugas, cocido de mi madre, macarrones de hace dos días...Doy media vuelta y me dirijo a la despensa: fideos, pan de sándwich, once botellas de leche, dos de soja, un paquete de cereales, latas de atún, galletas con fibra.....y por fin, agazapada en un rincón sombrío, una tableta de chocolate, pero de chocolate puro, sin leche, de las que a mi me gustan y que escondo en las profundidades del armario para impedir que mis hijos se den un atracón y luego no se coman las lentejas.
Respiro, me estiro tumbada en la cama con mi camisola a cuadros, hago muecas delante del espejo y camino descalza, sin importarme si pillo o no un resfriado. Abro la nevera, busco y rebusco entre los tupers apilados, pero no hay nada que me apetezca. Lechugas, cocido de mi madre, macarrones de hace dos días...Doy media vuelta y me dirijo a la despensa: fideos, pan de sándwich, once botellas de leche, dos de soja, un paquete de cereales, latas de atún, galletas con fibra.....y por fin, agazapada en un rincón sombrío, una tableta de chocolate, pero de chocolate puro, sin leche, de las que a mi me gustan y que escondo en las profundidades del armario para impedir que mis hijos se den un atracón y luego no se coman las lentejas.
- ¡Cielo mío, tienes que comértelas todas, que tienen mucho hierro! Y mi hija me mira con furia, mientras me muestra sus dientes aprisionados por la ortodoncia. ¿Dije hierro? Jamás vi tanto cableado junto en tan poco espacio. Pero dentro de unos años estará guapísima, con sus dientecitos impecables, monísimos y bien alineados.
Quitarle el envoltorio a una tableta de chocolate, puede convertirse en todo un ritual que precisa de gran concentración, destreza y savoir faire y yo estoy empeñada en hacer de este momento, mi minuto de gloria; pero de pronto, cuando me dispongo a disfrutar de unos instantes mágicos, una escena acude a mi mente:
-“Iván hijo, deja de comer chocolate, que es malo para tu acné. La dermatóloga te lo ha prohibido terminantemente...y me cuesta un pastón cada visita”.
¿Eso lo dije yo? Ahora ya no puedo continuar despojando a la tableta de su fiel papel de plata, cachito a cachito; no me siento con autoridad moral para seguir con mi intención y me remuerde la conciencia materna. Pobrecito mi hijo, tan adolescente, tan hambriento, tan...contestón, pero bien pensado, no soy yo la que tiene acné, yo ya pasé por aquello y además, es por su bien, para que esté muy guapo y pueda encandilar a esa niña del instituto que lo trae loquito.
Un trocito, tan solo un trocito me comeré, lo justo y necesario para que esta exquisitez obre su milagro en mi paladar y no se acomode en mis caderas. Bueno, dos, dos pedacitos, que con uno ni me entero, como mucho tres, pero hasta ahí, que mas de tres ya es gula y me acecha el remordimiento por todos aquellos que no pueden disfrutarlo, por mi hijo y sus granos, por mi hija y su ortodoncia, por que me engaño a mi misma diciéndome que guardo el chocolate para evitarles males mayores a mis hijos, por tantas cosas.....
¿Eso lo dije yo? Ahora ya no puedo continuar despojando a la tableta de su fiel papel de plata, cachito a cachito; no me siento con autoridad moral para seguir con mi intención y me remuerde la conciencia materna. Pobrecito mi hijo, tan adolescente, tan hambriento, tan...contestón, pero bien pensado, no soy yo la que tiene acné, yo ya pasé por aquello y además, es por su bien, para que esté muy guapo y pueda encandilar a esa niña del instituto que lo trae loquito.
Un trocito, tan solo un trocito me comeré, lo justo y necesario para que esta exquisitez obre su milagro en mi paladar y no se acomode en mis caderas. Bueno, dos, dos pedacitos, que con uno ni me entero, como mucho tres, pero hasta ahí, que mas de tres ya es gula y me acecha el remordimiento por todos aquellos que no pueden disfrutarlo, por mi hijo y sus granos, por mi hija y su ortodoncia, por que me engaño a mi misma diciéndome que guardo el chocolate para evitarles males mayores a mis hijos, por tantas cosas.....
Suena el timbre de la puerta, oigo una algarabía que me es familiar, pequeños empujones, risas solapadas, voces impacientes. Son mas de las cinco, son ellos, esos locos baijtos de Serrat , que a menudo se nos parecen. Es hora de volver a la realidad, a las meriendas, los deberes, a llevarlos raudo y veloz al ballet o al basket. Pero pero todavía me queda tiempo, un último segundo para asimilar la sensación y el goce de sentirme libre...y recoger la ropa que he dejado esparcida por toda la casa, para volver a ser la mujer perfecta, la mamá superwoman, pesada y responsable, que siempre quiere lo mejor para sus adorables querubines.
¡Niños...un momentito, que ya voy!

Empleas una frase de una cancion de Serrat para explicar algo.
ResponderEliminarEsos locos bajitos que a menudo se nos parecen.
A veces nos quejamos de los fallos de nuestros padres. A menudo reprochamos los errores de nuestros hijos, sin darnos cuenta que nosotros estamos en medio de la "cadena evolutiva". Quiza viendo esos fallos de unos y otros aprendamos mejor a conocernos.No tenemos que olvidar que la unica herencia a la que no podemos renunciar es a la "genetica". Quiza asi podriamos comprender algunos comportamientos que ahora, no somos capaces.
Tertuliano:Me encanta que un escrito pueda suscitar diversas opiniones y temas a poder comentar.Gracias.
ResponderEliminarMe ha gustado y me he identificado bastante con ciertas cosas de tu relato,sobre todo, con el chocolate escondido que me como cuando estoy sola en casa, pero no dos o tres porciones; te aseguro que si no entra alguien por la puerta me lo acabo…después me quejo de los michelines. En fin, me consuela pensar que no soy la única que tiene ese vicio.
ResponderEliminarNo quería suscitar polémica con mi comentario. Era simplemente comentar que a veces les prohibimos cosas a los hijos, que ellos han heredado de nosotros, a la vez que nosotros, quizás heredamos de nuestros padres. Aun que nunca les viéramos.
ResponderEliminarPor eso digo que la herencia genética es a la única que no se puede renunciar.
Las cosas no por hacerlas a escondidas están bien hechas. O engordan menos.
Tertuliano, no me refiero a crear polémica exactamente, si no al hecho que cada lector pueda ver o que le llame la atención algo diferente en un mismo texto y por eso me ha gustado que comentes. No me lo había planteado de una manera consciente, pero en este relato, aparentemente superficial, hay varios tópicos que nacen de realidades de la vida: la necesidad de todo ser humano de tener su espacio, su momento, la necesidad de poder disfrutar de algún placer que pueda dar a nuestro día a día, un poco mas de "vidilla", el sentimiento de culpabilidad que alberga la mayor parte de la humanidad, en mayor o menor medida y que, a mi modo de ver, tiene una procedencia cultural y/o religiosa. Yo la llamaría una culpabilidad existencial-universal. Creo que montaríamos unas buenas tertulias frente a un té y unas pastitas. Un abrazo.
ResponderEliminarMuchas gracias, Consue, por entrar en mi blog.Ya se sabe, "mal de muchos...",pero siento decirte que el relato no tiene demasiado de autobiográfico. Aunque me gusta el chocolate casi nunca compro, pero escondo otras cosas en el fondo del armario, "fartons" por ejemplo, que si no los guardo se los comen a pelo y luego los buscan para la horchata y no hay.Tampoco me desmadro cuando estoy en casa sola, pero el placer de estar sin que nadie interfiera, creo que es común a todas y todos.Gracias por tu divertido comentario.
ResponderEliminar12 de julio de 2011 08:10
¡Que gracia lo que cuentas y cómo lo cuentas! Me identifico en muchas muchas, pero sobre todo cuando mis hijos se van de campamento y me dejan la casa para mi sola. Hace mucha falta tener momentos para uno mismo y estoy de acuerdo en lo que dices, esa necesidad es común a todo el mundo.necesitamos tiempo para volver a ser niños, pero estaría bien dejar a un lado la culpabilidad, que ya esta bien de sentirnos siempre en deuda con todo. Sigue escribiendo.
ResponderEliminarMe alegra que hayas encontrado varios puntos de coincidencia con el texto.Estar con uno mismo, es una práctica que no solemos llevar a cabo, pero que es muy necesaria. La vorágine de la vida que "nos empeñamos en llevar", no te da margen para recordarte quién eres en realidad y de por eso muchas veces, nos sentimos perdidos.Bueno, no me voy a poner transcendental, pero esta bien que haya
ResponderEliminarun poco de todo en la vida.Abrazos