RELATO CORTO
Dedicado a mi querida amiga Lucia Tanasie
- Aquí tiene su té, señorita. Espero que lo encuentre a su gusto”.
La voz del camarero le resultó agradablemente familiar. Cerró los ojos y a su mente llegó el recuerdo de una cálida voz, tan acogedora y sugerente, como el dulce aroma de aquel té. Mientras su mirada se perdía entre los destellos dorados de la infusión, Lucía recordó aquella sombría tarde de otoño, en una vieja taberna de Londres, cuando la soledad le atenazaba y añoraba un amor perdido, sentada como ahora, frente a una taza de té. Era el final de una historia de amor que ella había imaginado eterna y que se había llevado tras de sí, ocho años de ilusiones y proyectos.
- ¿Sabés vos que las hojas pueden revelar el destino?
Lucía alzó sus ojos lentamente y descubrió una amplia sonrisa, que iluminaba el rostro mas bello que había visto jamás. Y aquella dulzura al hablar...Desconcertada, no supo qué decir...y no dijo nada, tan solo sintió un inmenso e incontrolable rubor.
- Las hojas de té, digo. ¿Vos no creés en el destino?- Insistió el joven camarero con su melodioso acento argentino.
Lucía reaccionó al fin. Fué como despertar de un intenso y largo letargo, pero...¡qué dulce despertar! El muchacho se inclinó levemente; su mirada resultaba cómplice y al ver la expresión de extrañeza de Lucía, se acercó un poco mas y le susurró:
- No viste un fantasma, soy un simple mortal y vos tenés la mirada mas triste que jamás ví. Lástima que haya tanta melancolía en unos ojos tan lindos.
¡Y tú tienes una labia...!- pensó Lucía.- ¡A cuantas mujeres les habrás dicho lo mismo!; pero eres tan adorable y yo necesito tanto una palabra de cariño...
El joven pareció adivinar sus pensamientos.
- Debés de pensar que soy un descarado o un ligón como decís en tu país, por que vos sos española y ... acabás de llegar...
“Pero si no he dicho nada.”- Pensó Lucia sorprendida. - ¿Cómo sabe este chico que yo.... ?
Una vez mas, el joven respondió a sus dudas.
- Ya se que no te oí hablar, pero no puede ser de otro modo. Tenés algo... ¡Decíme que me vas a aceptar otra taza de té cuando acabe de trabajar!
- No creo que fueras a aceptar un no por respuesta.- Lucía sonrió divertida.
- Hablaste! - Viste, no es tan difícil y ahora ya no tenés los ojos tan tristes. Soy Marcelo y si tu querés, no voy a dejar que nunca te sientas sola.
¡Dios mío! aquello era como un sueño! ¿De dónde había salido aquel ser? Cuatro palabra suyas, habían bastado para que yo deseara salir de aquel pozo en el que llevaba hundida desde mi ruptura, hacía mas de un año.Ahora, con veintiséis años, me veía sola, aprendiendo a vivir por y para mí, aprendiendo a pensar individualmente y trabajando como enfermera en un gran hospital londinense; en definitiva, comenzando de nuevo. Cuando surgió la posibilidad de trabajar en Londres, no lo dudé, quería alejarme de todo cuanto me recordara mi vida anterior, necesitaba huir del hombre que durante tanto tiempo había sido el centro de mi mundo y que me defraudó.
Desde aquel encuentro con Marcelo, en la vieja taberna de Brick Lane, todo cambió para mí. Descubrí a una Lucía que yo misma desconocía; abandoné la comodidad de una vida segura pero anodina y me convertí en una aventurera del día a día. Cada mañana me levantaba con una nueva ilusión; mi trabajo me apasionaba, pero sentir que cada día era distinto y poder vivir nuevas experiencias de la mano de Marcelo, era lo que me llenaba de una energía inagotable.
- Hoy te voy a mostrar el mercado de Brick Lane. Luego podríamos comprar algo para comer en Baigel Bake. ¿Te parece?
¿Que si me parece? A mi me parecía perfecto todo cuanto Marcelo me propusiera.Todavía recuerdo las dos horas que tuvimos que esperar, haciendo cola, para poder comprar los deliciosos bocadillos de Baigel Bake, con su peculiar salsa dulce.¡ Nos reímos tanto!
Marcelo vivía en una pequeña pero acogedora buhardilla, cerca del lugar donde nos conocimos, Spitalfields, un barrio multirracial, bullicioso y dinámico que olía a curry y especias de la cocina bengalí. En aquel exiguo espacio, convivían, en estratégico desorden, pero sin rastro de suciedad, montones de libros, lienzos y pinturas que él utilizaba en sus momentos de ocio, velas aromáticas, una guitarra acústica, algo desgastada y un gato callejero que todos los días se colaba por la única ventana de la casa, para desayunar y acomodarse sobre una mullida almohada que Marcelo siempre le tenía preparada.
- Este gato es como yo. - me decía. No le gusta estar sujeto a nada..., pero siempre vuelve.
Me fascinaba la personalidad de Marcelo; jamás había conocido a alguien como él. A su lado todo me parecía tan sencillo... Era un ser libre que me contagiaba su pasión por la vida, una sensación que nunca viví, al menos de ese modo, en los ocho años que había pasado aferrada a una relación que jamás me hizo vibrar. Cada día, aquel hombre de ojos verdes y manos sinceras, me sorprendía con sus ocurrencias y su especial sentido del humor. Nunca me decía te quiero, ni yo se lo pedía, pero qué mejor prueba de amor, que sentir sus dedos acariciando mi pelo, como sólo él sabía hacerlo o notar como su cuerpo se fundía con el mío, con aquella pasión que luego coronaba de ternura.
- Vení, divina. Te voy a llevar a saborear la mejor comida india que jamás hayas probado.
Y me llevó de su mano por pintorescas calles, pobladas de músicos callejeros e inundadas de ritmos jamaicanos, rock, jazz y música bhangra, que se mezclaban entre sí, formando una sonora Torre de Babel. Para mi sorpresa, comimos en casa de un buen amigo suyo, de origen hindú, que me agasajó con la gastronomía de su país. Marcelo me abrazaba mientras charlábamos apaciblemente con nuestro anfitrión., acariciaba mi rostro con la yema de los dedos y jugueteaba con mis labios, regalándome besos a cada instante. Todo era tan mágico y perfecto, que no podía dejar de sentirme, cada vez, mas fascinada y unida a él.
- ¿Qué dónde está mi computadora? No tengo, flaca, no la necesito y tampoco necesito un celular, ni un auto; tengo mi bicicleta. No hay nada imprescindible.
Era increíble, divertido y tan convincente, que casi llegué a creer que yo podía prescindir de mi ordenador y mi teléfono móvil.
- Vos sabés donde me podés encontrar y yo sé donde te puedo buscar.¿Viste? Es tan fácil como eso.
Y en realidad, era tan fácil como eso. Tan fácil como enamorarse perdidamente de él, tan fácil, como desear despertarse cada mañana a su lado y poder deambular, con los pies descalzos, entre aquel caos de libros y enseres que ahora también formaban parte de su vida. Tan sencillo, como querer que cada rincón de la casa quedara impregnado de ella misma, para que Marcelo la pudiera sentir a cada instante y creciera en él, la imperiosa necesidad de no dejarla marchar. Nunca hablaron de ello, pero los dos sabían que aquella historia podía terminar, así como terminó el contrato laboral de Lucía. De la mañana a la noche, las ansias de pisar de nuevo su tierra la empezaron a acuciar. Sintió que necesitaba volver a bañarse en su mar Mediterráneo y pasear bajo un sol que en Londres apenas se dejaba ver, pero no podía pedirle a Marcelo que lo dejara todo y la siguiera en su regreso a España; era como pedirle a un águila que dejara de volar. El era un ser humano que irradiaba libertad y Lucía siempre supo que aquélla forma de sentir y vivir que tanto le cautivaba de Marcelo, podría algún día, jugar en su contra.
Se abrazaron, se besaron y con una sonrisa, se dijeron adiós, sin lágrimas, sin reproches y agradecidos por todo cuanto habían compartido. No hubo promesas mutuas de reencuentro, ni de amor eterno, como nunca las hubo antes. Todo quedó así, en un adiós y desde aquel momento, ya no volvieron a saber nada mas el uno del otro. No fue por indiferencia ni por olvido, fue... por que no podía ser de otro modo.
- ¿Señorita, le importaría acabar su té? Lo siento, vamos a cerrar.
La voz del camarero la devolvió a la realidad. Su tono ya no le resultó tan especial, tan familiar, por que ninguna voz podía ser como la de Marcelo. Aquel hombre, con su cara de niño, la había llenado de tanto amor, que en su corazón no quedaba espacio para el dolor o la tristeza, tan solo para el recuerdo y la gratitud .
Una musiquilla metálica pero conocida, la sobresaltó. Rebuscó en su bolso y en su móvil, un mensaje:
- “ Te extraño amor; no puedo estar sin vos.”
Lucía sonrió satisfecha y divertida pensó: “Por fin se lo ha comprado”. Ilusionada, tecleó unas sencillas palabras de respuesta: “Yo también te quiero, mi amor”.
Sonriente, volvió a tomar la taza entre sus manos y lentamente, con deleite y evocación, aspiró el dulce aroma de aquel té.